miércoles, 2 de diciembre de 2009

Qué bueno que llegaste...

La intensidad se había ido,
también la desgracia.
Los sentidos dormidos,
los sueños rotos,
la vorágine mareante,
el calor que no sentí,
la ternura que se fue,
la mirada vacía,
un jardín florido que no emocionaba,
una espera sosa,
un encuentro cualquiera,
una llamada curiosa,
un caminante en el jardín...

.
Tu luz...

Y de pronto, esa melodía a mis oídos. Esa melodía que sigue sonando.

Nada volvió de súbito,
pero desde que mi vacía mirada
se llenó de ti,
supe que volvería.
Todo volvería, porque tú llegaste...

Qué bueno que llegaste a mi vida,
me llenaste de felicidad, una que no conocía,
y me diste la fe -la sigues dando- en un futuro feliz =)

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lunes, 3 de agosto de 2009

Sine die...

Me dejaste en tu departamento del piso 6 con una confianza que no terminaba de asombrarme. Me diste las indicaciones cotidianas antes de irte: "saca lo que gustes del refrigerador", "la llave de la ducha tiene una maña, ten cuidado al cerrarla", y también una advertencia: "ah! y trata de ignorar los ruidos que escuches cuando intentes dormir; como este lado del edificio da a la esquina, lamentablemente se oye fuerte el escándalo que hacen las prostitutas en la calle". Luego de eso, te despediste con un abrazo tan puro como tu mirada, me dejaste una copia de tus llaves por si salía y te fuiste.

Me dejabas en tu espacio, sola, luego de varios meses en que no lo estuve en ninguna parte, y confiabas en la promesa que te hice de no volverlo a intentar. Encontrarme desvanecida e intoxicada no fue grato para quienes lo supieron. Que me encontraran a tiempo, no fue grato para mí. Sin embargo, soy una mujer de palabra, y no volvería por ningún motivo a "hacerme ese daño", como todos decían.

Tomé un baño y cerré la ducha del modo que me sugeriste. Me puse a leer algo y al poco empecé a cabecear. Me despertaron los gritos cuyo contenido era evidentemente de las mentadas prostitutas. Insultaban a los conductores que les gritaban cosas. Me acerqué al balcón de tu habitación y miré: se paseaban como leonas en celo por la esquina, moviendo las caderas, las pelvis, las carteras... Subían sus diminutas faldas y bajaban sus escotes y su dignidad.

Miré la escena con un horror morboso por algunos minutos. Luego de eso, me dirigí con mi cartera al espejo que había frente a tu lavamanos y saqué mi cosmetiquero; me maquillé pronunciadamente, resalté los ojos con un azul intenso y los labios con un rojo carmesí. De mi bolso con ropa saqué unas medias caladas, una falda pequeña, una blusa colorida. Me vestí procurando correr levemente con la blusa parte del maquillaje (esa acción le dio a mi apariencia el toque que esperaba). Tacos, los que usaba en ese momento (el calzado digno se puede arruinar con mucha facilidad con el atuendo indicado). ¿Perfume? Exceso del mío simplemente. Mi cabello, usualmente suelto, se recogió con varias horquillas. Me sentía nerviosa, pero estaba lista. Tomé tus llaves (sí saldría, por supuesto que saldría) las puse en la cartera, y cerré tu puerta tras de mí.

Bajé con rapidez, tu conserje me miró, pero dudo mucho que haya reconocido al dulce rostro que entró al edificio contigo detrás de todo ese maquillaje. Me acerqué a las leonas con algo de nerviosismo por el posible rechazo. Me ignoraron, y con eso me bastó. Es cierto, te prometí a ti y a todos que no volvería a intentar quitarme la vida, pero no hablé nunca sobre dejárselo al destino. Sonreí mientras un vehículo se detenía a mi lado: mi plan estaba en marcha, lo demás sólo sería tiempo y paciencia.

martes, 28 de julio de 2009

Como en un suspiro...

Cuando ya su vida estaba condenada a terminarse de una horrible forma, gracias a la infección que le ocasionó la amada mujer que finalmente murió en sus brazos, Oscar sintió que debía vengarse de todos por su inefable desgracia. Los libros de terror que leyó durante su juventud le sirvieron para maquinar su plan, y así comenzó a buscar todo cuanto le haría falta: atuendo adecuado, guantes, el arma perfecta y la actitud de no tener absolutamente nada... Nada que perder.

Poco y nada había en su persona de aquellos días en que una mano tibia cogiendo la suya bastaba para que el mundo se tornara feliz. En su desordenada, sucia y húmeda habitación, se preparaba para su primer ataque. A momentos, sin embargo, sentía haber olvidado algo importante. Se trataba del amor por sí mismo, que, pisoteado y agonizante, se manifestaba a él a través de esa picosa sensación de haber olvidado algo.

Entre los restos de ropa y basura de su habitación, Oscar dio con una hoja suelta que llamó poderosamente su atención (es extraño cómo algunos sucesos que en lo cotidiano pueden parecer insignificantes, en el momento adecuado pueden producir conmociones de magnitudes siderales). Vaciló antes de tomarla, y leyó:

"Nunca me acostumbraré a tu ausencia".

Reconoció su propia letra en la hoja, pero ésta parecía más diáfana... era de otro tiempo, otra etapa. Se quedó perplejo mirando el papel. Lo leyó muchas veces... tantas y tan concentradamente, que ni siquiera notó cuando la tinta comenzó a correrse al caer dos lágrimas. Sintió un quiebre dento de sí, y viajó muy lejos sin moverse, se enfrentó a espectros y monstruos aterradores, en fin, se arrepintió de ser quien era en ese momento.

Por breves segundos, volvió a ser ese ser feliz que fue, y, por breves segundos también, desistió de su idea. Sólo por breves segundos. Luego se adecuó a su nueva realidad, preparó el resto de sus cosas, y cerró tras de sí la puerta de su habitación, su casa, lo que quedaba de su amor, y se fue.