lunes 22 de agosto de 2011

Plaisir d'amour...



Ya era el momento.


Cuando al fin llegó aquel día tan esperado, Consuelo, que tanto lo imaginó, se sentía curiosamente nerviosa y sin saber qué hacer. Sintió el compás de su pecho acelerar con cada paso que daba; de cierta forma, su cuerpo tomó la iniciativa antes que su mente. Transcurrían los minutos, lentamente, y se aproximaban, así como lo hicieron al día exacto, a la hora exacta de su encuentro. 

“Todo esto no puede ser mera casualidad", pensó mientras se mordía los labios... y la verdad, nada tenía que ver la casualidad en lo que le estaba pasando, pero ella aún lo ignoraba. Sentada, esperó. Como era sociable y algo impaciente, se puso a hablar con un guardia del edificio más cercano. Los minutos transcurrían melodiosos, y en un compás de cuatro cuartos la hora había llegado ya...

Supo en ese instante, al verlo acercarse, que todos sus caminos la habían estado llevando suavemente a hacia aquel muchacho que tenía enfrente, del cual no podía apartar la vista. Consuelo imaginó de muchas formas su encuentro; sin saberlo, había esperado por ese momento durante toda su vida. Él y ella fueron amigos en el anonimato, y ella agradecía la tremenda compañía en que él se había convertido en su peor momento, cuando nadie, ni siquiera sus más cercanos, le tendió la mano mientras ella se hundía. Su encuentro tangible consistió en palabras, palabras ni dulces ni sabias, sino más bien sinceras... Hablaron en un lenguaje que solo ellos manejaban, o más bien, rompieron el lenguaje existente por falta de calidez, y así crearon uno propio.

Caminaron por la orilla de la playa, primero mirando la arena, luego el hermoso paisaje que ofrecía el reflejo del sol en el mar. Caminaron primero separados, y luego, con la excusa de lanzarse al agua, caminaron abrazados. Supieron en ese instante, en que el ya imaginado tacto se volvió real, que el temor de estar solos en el mundo ya nunca los haría su presa, porque aunque sólo fue un segundo, sintieron una conexión verdadera.

Se despidieron con un abrazo tibio y cercano. No se besaron, pues ajeno era a ellos el monótono ritual de la conquista… Volverían a verse pronto, era necesario. Juntos y solos, ése sería el contexto apropiado para que no sólo los besos, sino también las caricias y una súbita entrega absoluta les confirmara, de curiosa forma, que debían empezar una historia que no acabaría de acabarse jamás...

lunes 30 de mayo de 2011

Diagnóstico inesperado.

Ironicé con mi psicóloga acerca del diagnóstico que pondría en mi ficha. "¿Esquizofrenia? ¿Bipolaridad? ¿Personalidad múltiple?". Sabía con claridad que mi diagnóstico no se acercaba a eso; había sobrevivido a situaciones extremadamente dolorosas y enfrentaba la vida con una envidiable fortaleza. Ella sonrió. Mi entereza la asombraba, yo lo sabía, y sabía que la derivación que me hicieron a ella era simplemente un error.

"Trastorno adaptativo", dijo finalmente.

Entonces la maté.




miércoles 2 de diciembre de 2009

Qué bueno que llegaste...

La intensidad se había ido,
también la desgracia.
Los sentidos dormidos,
los sueños rotos,
la vorágine mareante,
el calor que no sentí,
la ternura que se fue,
la mirada vacía,
un jardín florido que no emocionaba,
una espera sosa,
un encuentro cualquiera,
una llamada curiosa,
un caminante en el jardín...

.
Tu luz...

Y de pronto, esa melodía a mis oídos. Esa melodía que sigue sonando.

Nada volvió de súbito,
pero desde que mi vacía mirada
se llenó de ti,
supe que volvería.
Todo volvería, porque tú llegaste...

Qué bueno que llegaste a mi vida,
me llenaste de felicidad, una que no conocía,
y me diste la fe -la sigues dando- en un futuro feliz =)

video

lunes 3 de agosto de 2009

Sine die...

Me dejaste en tu departamento del piso 6 con una confianza que no terminaba de asombrarme. Me diste las indicaciones cotidianas antes de irte: "saca lo que gustes del refrigerador", "la llave de la ducha tiene una maña, ten cuidado al cerrarla", y también una advertencia: "ah! y trata de ignorar los ruidos que escuches cuando intentes dormir; como este lado del edificio da a la esquina, lamentablemente se oye fuerte el escándalo que hacen las prostitutas en la calle". Luego de eso, te despediste con un abrazo tan puro como tu mirada, me dejaste una copia de tus llaves por si salía y te fuiste.

Me dejabas en tu espacio, sola, luego de varios meses en que no lo estuve en ninguna parte, y confiabas en la promesa que te hice de no volverlo a intentar. Encontrarme desvanecida e intoxicada no fue grato para quienes lo supieron. Que me encontraran a tiempo, no fue grato para mí. Sin embargo, soy una mujer de palabra, y no volvería por ningún motivo a "hacerme ese daño", como todos decían.

Tomé un baño y cerré la ducha del modo que me sugeriste. Me puse a leer algo y al poco empecé a cabecear. Me despertaron los gritos cuyo contenido era evidentemente de las mentadas prostitutas. Insultaban a los conductores que les gritaban cosas. Me acerqué al balcón de tu habitación y miré: se paseaban como leonas en celo por la esquina, moviendo las caderas, las pelvis, las carteras... Subían sus diminutas faldas y bajaban sus escotes y su dignidad.

Miré la escena con un horror morboso por algunos minutos. Luego de eso, me dirigí con mi cartera al espejo que había frente a tu lavamanos y saqué mi cosmetiquero; me maquillé pronunciadamente, resalté los ojos con un azul intenso y los labios con un rojo carmesí. De mi bolso con ropa saqué unas medias caladas, una falda pequeña, una blusa colorida. Me vestí procurando correr levemente con la blusa parte del maquillaje (esa acción le dio a mi apariencia el toque que esperaba). Tacos, los que usaba en ese momento (el calzado digno se puede arruinar con mucha facilidad con el atuendo indicado). ¿Perfume? Exceso del mío simplemente. Mi cabello, usualmente suelto, se recogió con varias horquillas. Me sentía nerviosa, pero estaba lista. Tomé tus llaves (sí saldría, por supuesto que saldría) las puse en la cartera, y cerré tu puerta tras de mí.

Bajé con rapidez, tu conserje me miró, pero dudo mucho que haya reconocido al dulce rostro que entró al edificio contigo detrás de todo ese maquillaje. Me acerqué a las leonas con algo de nerviosismo por el posible rechazo. Me ignoraron, y con eso me bastó. Es cierto, te prometí a ti y a todos que no volvería a intentar quitarme la vida, pero no hablé nunca sobre dejárselo al destino. Sonreí mientras un vehículo se detenía a mi lado: mi plan estaba en marcha, lo demás sólo sería tiempo y paciencia.

martes 28 de julio de 2009

Como en un suspiro...

Cuando ya su vida estaba condenada a terminarse de una horrible forma, gracias a la infección que le ocasionó la amada mujer que finalmente murió en sus brazos, Oscar sintió que debía vengarse de todos por su inefable desgracia. Los libros de terror que leyó durante su juventud le sirvieron para maquinar su plan, y así comenzó a buscar todo cuanto le haría falta: atuendo adecuado, guantes, el arma perfecta y la actitud de no tener absolutamente nada... Nada que perder.

Poco y nada había en su persona de aquellos días en que una mano tibia cogiendo la suya bastaba para que el mundo se tornara feliz. En su desordenada, sucia y húmeda habitación, se preparaba para su primer ataque. A momentos, sin embargo, sentía haber olvidado algo importante. Se trataba del amor por sí mismo, que, pisoteado y agonizante, se manifestaba a él a través de esa picosa sensación de haber olvidado algo.

Entre los restos de ropa y basura de su habitación, Oscar dio con una hoja suelta que llamó poderosamente su atención (es extraño cómo algunos sucesos que en lo cotidiano pueden parecer insignificantes, en el momento adecuado pueden producir conmociones de magnitudes siderales). Vaciló antes de tomarla, y leyó:

"Nunca me acostumbraré a tu ausencia".

Reconoció su propia letra en la hoja, pero ésta parecía más diáfana... era de otro tiempo, otra etapa. Se quedó perplejo mirando el papel. Lo leyó muchas veces... tantas y tan concentradamente, que ni siquiera notó cuando la tinta comenzó a correrse al caer dos lágrimas. Sintió un quiebre dento de sí, y viajó muy lejos sin moverse, se enfrentó a espectros y monstruos aterradores, en fin, se arrepintió de ser quien era en ese momento.

Por breves segundos, volvió a ser ese ser feliz que fue, y, por breves segundos también, desistió de su idea. Sólo por breves segundos. Luego se adecuó a su nueva realidad, preparó el resto de sus cosas, y cerró tras de sí la puerta de su habitación, su casa, lo que quedaba de su amor, y se fue.

martes 7 de octubre de 2008

More than words




www.Tu.tv
Saying "I love you"
Is not the words I want to hear from you.
It's not that I want you
not to say, but if you only knew
how easy it would be to show me how you feel...
More than words, is all you have to do to make it real!
then you wouldn't have to say that you love me
Cos I'd already know...

What would you do, if my heart was torn in two?
More than words to show you feel
that your love for me is real...
What would you say, if I took those words away?
Then you couldn't make things new
just by saying I love you

More than words...

Now, I've tried to talk to you and make you understand:
all you have to do is close your eyes
and just reach out your hands and touch me...
Hold me close, don't ever let me go!
More than words, is all I ever needed you to show;
then you wouldn't have to say that you love me...
Cos I'd already know


What would you do, if my heart was torn in two?
More than words to show you feel
that your love for me is real...
What would you say, if I took those words away?
Then you couldn't make things new
just by saying I love you

More than words...

miércoles 9 de abril de 2008

DeL oTRo LaDo De La HiSToRia...

Mi bella, mi preciosa, mi dulce princesa; por favor préstame un poco de atención. Estos años a tu lado han sido maravillosos, eres tan dulce, tan buena, tan tierna, tan radiante... Pensarte me emociona, y tu dulzura se queda en mi garganta como un atascadero que no logro evitar, que me duele y me cobija en todo aquello que eres tú, grácil y suave, como el oleaje que me dedicaste cuando me dijiste, en un abrazo cálido y con lágrimas en los ojos, que me amabas con todo tu ardiente y frágil corazón.

Has vivido cosas que no mereces, mi vida. No imaginas cuán impotente me siento de no haber paliado ese dolor incluso antes de conocerte. Esa calidez tan linda que llevas en tu forma de mirar, de sonreír y perdonar, de pronto se opaca ante los recuerdos de esa soledad que viviste producto de la incomprensión de la familia sanguínea a la cual nunca perteneciste. Ellos se golpeaban, sí, y te golpeaban también. Golpeaban tus mejillas y tu autoestima; golpeaban con ello tus esperanzas y tu inocencia; golpeaban también tus ganas de vivir, y quizás por esa razón fue que te conocí tan escondida en tu mundo, tan oculta a los ojos de todos, tan guardiana de la poca luz que te quedaba, de esa mínima esperanza que fortalecías sólo de vez en cuando, para que no te doliera la soledad.

Y en eso aparecí. Me deslumbraste sin saberlo; tu suave andar como de oleaje, tu perfil sereno, tus sorpresas que alegraban mi día... Recuerdo cuántas veces te miré sin que lo notaras. Recuerdo que quedó plasmado en mi memoria tu gusto por las letras. Me valí de eso para deslumbrarte como tú lo hiciste conmigo. Maravillosamente lo logré, y la luz tenue que guardaba tu corazón se volvió una hoguera, y te vi en todo tu esplendor. Tus besos dulces, tus ternuras cotidianas, tu suave cuerpo, tu apasionada entrega. Te potenciaste, volviste a creer en ti. Quisiste vivir, y tus mejillas, sonrosadas tantas veces por tantas bofetadas, se sonrojaron ante nuestros cómplices recuerdos, nuestros códigos, nuestro lenguaje en común.

Mi pequeña, si te amé cuando te conocí, tanto más te amé cuando volviste a brillar. Te admiré, porque vi que saliste adelante con la sola fuerza de tu melodioso amor. Tu vida era otra, todas tus penas anteriores se volvieron fuerza, fuerza que me revitalizaba, porque sabía que eras feliz... que yo te había hecho feliz.

Mi querida, mi amada, luego de eso te empecé a fallar. Te obligué a que tuvieras una imagen distinta... Me obligué también a ser diferente. Debiste entender que algo en mí había cambiado, que lo nuestro no podía ser como estaba siendo hasta entonces... Y vi la paciencia que me tuviste, el amor que me ofreciste para fortalecerme en el dolor. Con toda la fuerza que había en tu corazón, que parecía un torrente sin intenciones de agotarse, me abrazaste mil veces, y mil veces me recordaste cuánto me amabas. También agoté tu paciencia, porque no puse de mi parte. Te hice llorar tantas veces, tantas como me pediste que me alejara y te dejara tranquila. Era en esos momentos yo quien se desesperaba. Agobiaba tu teléfono, te enviaba cartas, te buscaba aún en los lugares en que sospechaba que pudieras estar... Luego te tenía, en mis ojos, en mis brazos, en mi cuerpo... Y te volvía a fallar.

Dulzura, fueron más de tres años en lo mismo. Cada vez que aceptaste mis reglas, esas reglas que ahora me coartan tanto como al principio, fui yo quien las rompió. Eras -eres- irresistible... en tu ternura, en tu voz, encuentro el refugio que tampoco tuve en mi niñez. Me vuelves pueril, y luego de eso estoy a tu merced... Siempre para volver a fallarte.

Perdiste tanto, arriesgaste tanto por mí. Enfrentaste todo cuanto se podía enfrentar. No comprendí cómo tuviste tanta fuerza para hacerlo. Yo no hubiera podido, no pude... perdiste seres queridos en ese camino, pero no importaba: Tu alma se encontraba abandonada a la intemperie en medio de la lluvia, y sólo yo vi que era hermosa detrás del barro que la cubría. Te tomé en mis brazos, te di calor y abrigo, te hice cariño, te miré con amor. No, no pienses eso... Nunca sentí lástima por ti. Tu luz es demasiada como para atreverme a creer que estoy por sobre ella.

Querida, amada, perdóname por amarte tanto, y fallarte así; perdóname por el daño que te he hecho. Luego de tantas crisis, tantas lágrimas, tanto dolor y tanta esperanza desesperada, siento que caíste más bajo de lo que ya estabas cuando te conocí. Entiéndeme... Te amo con todo mi ser... ¿Cómo no amarte, si eres una luz que se reparte generosa entre los demás?

No llores, por favor. Esto me cuesta más a mí que a ti. Siempre me costó más: Me costó porque nunca proyecté que fuéramos a sentir tanto... No fue un error el sentimiento, sino la forma de expresarlo, compréndelo... Me costó porque siento que podremos ser felices de otro modo... No sigas llorando, por favor... Me costó porque mi imagen se hubiera manchado a tu lado... No me llames egoísta, te lo pido... Me costó porque hay parámetros que obedecer... Por favor, no sigas llorando, no dudes que te amo... Me costó porque eres irresistiblemente adorable, y por eso no pude poner freno cuando tú me lo pediste alguna de esas tantas ocasiones... No me pidas que me quede, no lo hagas... Me costó porque CReo Que SeRé más feliz siendo madre, con un esposo y una imagen familiar que proyectar.

Adiós, mi pequeña princesa. Sé que te destruí, pero quédate con este consuelo: A tu lado fui feliz.